Pero ahora hemos muerto a lo que nos tenÃa aprisionados, y la Ley ya no vale para nosotros. Ya no estamos sirviendo a una ley escrita, cosa propia del pasado, sino al EspÃritu: esto es lo nuevo.
El pecado encontró ahà su oportunidad y se aprovechó del precepto para despertar en mà toda suerte de codicias, mientras que sin ley, el pecado es cosa muerta.
Hubo un tiempo en que no habÃa Ley, y yo vivÃa. Pero llegó el precepto, dio vida al pecado,
y yo morÃ. AsÃ, pues, el precepto que habÃa sido dado para la vida me trajo la muerte.
¿Será posible que algo bueno produzca en mà la muerte? En absoluto. Esto viene del pecado, y se ve mejor lo que es el pecado cuando se vale de algo bueno para producir en mà la muerte. Gracias al precepto, el pecado deja ver toda la maldad que lleva en sÃ.
Sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy hombre de carne y vendido al pecado.
No entiendo mis propios actos: no hago lo que quiero y hago las cosas que detesto.
Ahora bien, si hago lo que no quiero, reconozco que la Ley es buena.
¡Gracias sean dadas a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor! En resumen: por mi conciencia me someto a la Ley de Dios, mientras que por la carne sirvo a la ley del pecado.