Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que le habÃa llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como habÃa amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban comiendo la cena y el diablo ya habÃa depositado en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle.
Jesús, por su parte, sabÃa que el Padre habÃa puesto todas las cosas en sus manos y que habÃa salido de Dios y que a Dios volvÃa.
Entonces se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura.
Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discÃpulos; y luego se los secaba con la toalla que se habÃa atado.
Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho yo.
En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envÃa.
Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica.
No me refiero a todos ustedes, pues conozco a los que he escogido, y tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: El que compartÃa mi pan se ha levantado contra mÃ.
Se lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.
En verdad les digo: El que reciba al que yo envÃe, a mà me recibe, y el que me reciba a mÃ, recibe al que me ha enviado.»
Tras decir estas cosas, Jesús se conmovió en su espÃritu y dijo con toda claridad: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar.»
Como Judas tenÃa la bolsa común, algunos creyeron que Jesús querÃa decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta.», o bien: «da algo a los pobres.»
Judas se comió el pedazo de pan y salió inmediatamente. Era de noche.