Pues ahora empujo a los caldeos, pueblo terrible y arrollador, que recorre enormes distancias para apoderarse de paÃses ajenos.
Es terrible y temible, y se hace su propio derecho.
Sus caballos son más rápidos que las panteras, más tenaces que los lobos de la estepa;
sus jinetes galopan y vienen desde lejos, vuelan como el águila que se precipita sobre su presa. Se lanzan juntos al asalto, sin mirar más que a su presa, y amontonan los cautivos como arena.
Este pueblo se burla de los reyes, se rÃe de los soberanos; no le importan las ciudades fortificadas, pues levanta terraplenes y se apodera de ellas.
¡Y asà pasa y se va como el viento...! ¡Su fuerza es su dios!
Tú tratas a los hombres como a los peces del mar, como a los reptiles que no pertenecen a nadie.
Ese pueblo los pesca a todos con su anzuelo, los saca con su red y los va amontonando en su malla.
Feliz y contento por su pesca, le ofrece sacrificios a su red, quema incienso a sus mallas, pues a ellas les debe que haya pescado tanto y tenga que comer en abundancia.
¿Seguirá, pues, tirando constantemente la espada, masacrando sin piedad a las naciones?